• Una decoración de taburete

    Medio: El Diario Montañés 

    Tres o cuatro mesas, muebles restaurados, azulejo hidráulico y paredes blancas, un escenario cada vez más común en los cafés de la ciudad

    Pintura blanca, sillas ‘cuéntame’ y menaje vintage. Estos tres requisitos parecen la fórmula mágica para conseguir el éxito en el mundo de la hostelería. Santander se ha sumado a la moda de cafés con encanto, pequeños locales en los que predomina el blanco y la decoración de otra época. Muffins, quiches, tartas de zanahoria o manzana…. Lo ahora considerado ‘moderno’ llega a la capital cántabra siguiendo la línea de ciudades como Madrid, donde locales como estos aparecen en cada una de sus esquinas (Lolina, El rincón…).

    Según algunos interioristas, la decoración en este tipo de sitios “está basada en una clientela rápida”. Así lo afirma Eloína González Aguilera, decoradora de interiores y experta en la materia. Al igual que en otros ámbitos, “el mundo de la hostelería también se mueve por tendencias. Al final todo son modas”, afirma. “Se utilizan colores pastel, maderas de pino fáciles de pintar, taburetes y pocas mesas. Un estilo ‘provenzal’ que busca una estancia corta”.

    Llegar, consumir y marchar. Estos locales apuestan por un público joven que se sienta a gusto en el espacio, “con decoración fresca, nada pesada”, pero que permanezca el tiempo justo. La inversión que hacen en la decoración suele ser baja, jugando con un tipo de mobiliario económico que da resultado.

    Gafas hasta la mitad de la cara, pantalones pesqueros y complementos de años atrás. Quizás sería el outfit idóneo para visitar cualquier de estos locales. Sin embargo, la asistencia a estos cafés se ha masificado y a todo el mundo parecen gustarle. Santander sigue tendencias y no se ha quedado atrás.

    Santa&Co se ha convertido en un sitio de referencia para los santanderinos. Situado en el centro de la ciudad, sus mesas permanecen llenas a cualquier hora del día. Jóvenes, niños, familias y hasta ‘guiris’, el café triunfa entre gente de todas las edades. Álvaro Pombo, uno de sus propietarios, decidió montar algo distinto con su novia. “En Santander no había nada así” afirma. “Nos gustaba este estilo, la decoración de nuestra casa es igual”. Pombo señala que “el dueño del local” les invitó a montar “un bar de pinchos”. “Nosotros queríamos algo único, hay gente que incluso entra a felicitarnos por la decoración”. Predomina el blanco y los tonos pastel, está cuidado hasta el último detalle.

    A solo unas calles del Santa, y escondido en la movida del Río de la Pila, está el Wabisabi. Desconocido por muchos y preferido por otros, este tranquilo espacio ofrece un sinfín de opciones entre sus vigas. Talleres, exposiciones y eventos mezclados con una gran variedad de cafés, tés, batidos y una rica repostería casera. La tarta de zanahoria es sin duda un ‘must’ en el local y si se consigue hueco en uno de los sofás “vintage” del cabrete, se disfrutará todavía más. Eso sí, cuidado con el techo.

    Ni es un jardín ni es un convento. Esta tienda-café, forma parte del Distrito 003 de Santander y vende los mejores productos elaborados en conventos y monasterios de toda España. A la creadora de El Jardín del Convento, Eva Soto, no le gustan los sitios sin personalidad. “Al local le pegaba este estilo físicamente, también a su producto, que es artesano. No puede considerarse un estilo vintage, sino antiguo”. Esta decorado con “muebles de anticuario” y crean un ambiente muy acogedor, “ese era el objetivo”, señala. Y a la pregunta de si influye en la clientela, “sí, claro que influye. Hay gente que solo entra a ver la tienda” afirma. Eva cree que la iluminación también es importante, “hay tiendas que están alumbradas, no iluminadas”.

    Otra de las nuevas incorporaciones a la ciudad, con una larga tradición en el mundo panadero, es La Gallofa. Entre cristaleras, este nuevo local emplazado en la Calle Isabel II, deja hueco entre algunos de sus metros cuadrados a un conjunto de sillas desiguales para tomar café. Techos altos, suelos de azulejo hidráulico, un gran cartel luminoso y una mezcla de distintas plantas, invitan al ciudadano a disfrutar de una rica merienda.

    Pero no todo son cafés. Algunos restaurantes también apuestan por este nuevo diseño que, según González Aguilera “se aleja de la decoración de larga estancia, con materiales como el acero o el cristal, y se acerca a materiales más frescos”.
    Uno de los últimos en abrir ha sido el Cadelo, un ‘sencillo’ reto de dos jóvenes santanderinos en el Río de la Pila. “La gente viene por el buen ambiente que hay”, señala Eduardo Ruigómez, uno de sus propietarios. “Nosotros apostamos por nuestros gustos, no nos dejamos influenciar. El blanco es un color neutral, no cansa. Es cálido y da luminosidad”, apunta. “Cadelo tiene personalidad propia, desde la decoración hasta los platos”. El que más se sirve, “gambas a la sal con vinagreta de tomate y eneldo”.

    Un poquito más arriba, en la calle San Simón, llegamos a Agua Salada. Abierto el pasado julio, Carlos y Pilar decidieron decorar su restaurante de manera sencilla e informal. Predomina el color verde y el ambiente creado por las velas. Se cuida también hasta el último detalle.

    Uno de los mejor situados es 1974. En plena Plaza de Cañadio, este bar de tapas y raciones ocupa el antiguo local de la Despensa y Frisia juntos. Con una decoración más en madera, también destaca por el blanco, el suelo de azulejo hidráulico y las lamparas de bombilla que caen del techo. Detalle que comparten con la hamburguesería Nobrac, que apuesta por el color en las bombillas para crear un ambiente cálido y familiar. “No queríamos un sitio sin identidad tipo Ikea” afirma Marian Martín, una de las dueñas de 1974. “Este tipo de decoración es barata y da resultado. A la gente le gustan los sitios amplios, cómodos y cálidos”.

    Este tipo de locales también han llegado a la provincia. La Bicicleta, en Hoznayo, y abierto desde 2011, fue uno de los pioneros en la región, eligiendo el estilo de muebles frescos y colores pastel como protagonistas. Con unos meses menos de vida, Santa LuZia, en Cos (Mazcuerras), ha aterrizado con fuerza. Su propietaria, Pilar Velarde, ha transformado una antigua venta en un espacio gastronómico que mezcla elementos modernos y tradicionales. Dispuesto en diferentes habitaciones, nos encontramos con vigas blanquecinas que hacen contraste con el rosa y verde de sus paredes y ventanas. Un conjunto atractivo mezclado con muebles de diferentes épocas.

    Quizás sea el momento de vaciar el desván y combinar en un local lo que podría llegar a ser un café de éxito.